Madurar consiste en aprender a despedirse.
Tú, seas quien seas quien estés leyendo, me gustaría saber si a lo largo de tu vida, suficientemente larga como para entender esto que he escrito, has madurado lo suficiente como para despedirte de lo que más has querido, de aquello por lo que más has luchado, de esa persona, de tu infancia, de quien se marchó sin decir nada... Dime, ¿has aprendido a decir "adiós"? Todos nos despedimos de la persona que nos acompaña y que tiene que partir en otro tren justo en la dirección contraria; nos despedimos de nuestros amigos a la hora de volver a casa, y la amargura de la soledad en un trayecto de más de diez segundos nos invade echando de menos hablar con alguien o mirar a unos ojos ajenos y familiares. Las despedidas, unas eternas y otras fugaces, pero al fin y al cabo despedidas. Dime tú si no prefieres volver a casa con la compañía de alguien que te importa, dime que no te sientes más seguro al mirar a tu alrededor y saber que tienes a alguien en tu camino. Desde que nacemos hasta que morimos, despedirse es parte de uno mismo, pero echar de menos también lo es. Lo mucho que odiamos la rutina, y cuando nos salimos de ésta hacia la amargura, lo mucho que la añoramos. Pero qué tontos y débiles somos, y cuán daño nos hace tener que decir adiós a lo que amamos. Algo a lo que nos acostumbramos, sea lo que sea, nos duele perderlo para siempre sin saber que quizá vuelva. Ignorar que lo que se va también nos echará de menos, eso, eso duele de verdad. Nuestra cordura se rompe a la hora de echar de menos, y nos volvemos locos a la hora de intentar recuperarlo. Madurar consiste en aprender a despedirse, siempre y cuando no acabes echando de menos.
Espero que esto al menos te haya entretenido, ya que le he dedicado unos minutos en los que podría estar despidiéndome de algo que puede que no vuelva. Me despido de ti, que puede que no vuelvas a leer este texto.
Adiós. :)
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